Pienso en todo lo dicho, en todo lo hecho, pienso en lo mucho que hice y en lo poco que coseché. No cabe duda, el amor es de temerse más que todos los naufragios.
El amor es un perro infernal.
Uno le besa la mano y el amor te escupe la cara.
A veces es bueno tirarse al drama.
Me dispongo a reconstruir mi personalidad en sus partes, en sus espacios, en sus autores. Es necesario entonces, tirar todo aquello que no sirve, toda la basura, los residuos, los quebrantos.
Es muy fácil hacer a un lado a la gente cuando uno está con ella todos los días, rechazar posibilidades, rechazar las ofertas que la vida nos sirve, gratis, sin que hagamos ningún mérito para recibirlas. Es fácil y creo que lo es, por que pensamos que en cualquier momento podemos retomarlas, levantar la mano y pedir un plato de aquello que dejamos pasar.
Soy un espacio infinito, un plano donde uno no puede escaparse por la tangente, por que no existen tangentes. Intento aprovechar todo lo que la vida me pone al alcance, algunas cosas se me escapan como agua entre las manos, pero es que la vida es demasiado generosa y yo muy pequeño en comparación.
A mi no me limita un sueldo, ni el suelo, ni los sueños. Sé volar en el momento que hay que volar, se caminar cuando tengo que caminar, se cobrar lo que merece la pena cobrar y entregar gratis lo que se me ha dado gratis. Puedo equivocarme de vez en cuando, pero no sé quejarme de mis errores, no soy como aquellos ingratos que buscan culpar a algo o a alguien de lo que ocasionaron ellos mismos. Por el contrario, cuando cometo errores disfruto del dolor que me causa encontrarme culpable y exprimo todo el jugo que pueda sacarse de ellos para aprender y hacerme más conciente de mis actos.
Sé perfectamente ser fiel, conozco la importancia de la fidelidad y no dudo un segundo en entregar mi fidelidad, pero tampoco nací para rogar por amor, para rogar por oportunidades (esto no quiere decir que no lo he hecho, más bien por que lo he hecho sé que no nací para hacerlo), me parece indigno y patético dar y que me den explicaciones, odio los reclamos, creo que pocas veces están alejados de la soberbia.
Soy un hombre paciente, he aprendido a escuchar al iracundo, al apesadumbrado (aún cuando no sabe de sus pesares), hay otras cosas que no reclamo por que no me siento niñera de nadie, mi paciencia está, diría yo, bastante bien ejercitada. Tengo la bondad de Dios de haber sido el hijo sándwich, por lo que sé soportar la autoridad y el yugo sin que mi voluntad se vea afectada. Soy paciente con el inmaduro, con el falto de experiencia, corrijo a quien me parece errado, pero busco que sea de la manera más grata posible. Sin embargo, no pierdo mi tiempo con el idiota, con el necio, con el terco. Supongo que aún mi paciencia tiene un límite, pero creo en las segundas oportunidades, en las terceras, en las cuartas y así consecutivamente.
Soy intolerante con la gente que supongo que debe ser inteligente, y demuestra lo contrario. Soy intolerante con el que es incapaz de tener una conversación a nivel humano, es decir; odio cuando la gente saca su cavernicoléz a relucir levantando la voz. Hay cierta cifra de decibeles, que mi cerebro percibe como escasez de neuronas, de nivel IQ y creo que no merece la pena perder el tiempo con quienes son incapaces de superar esa línea que nos divide entre un homo sapiens-sapiens y un hombre de las cavernas.
Me gusta reír de casi todo, sólo no puedo reír ante la muerte cuando es verdadera y natural. El suicidio, sin embargo, me da risa, mucha risa. Me parece un acto estúpido, un acto de bufones y los actos de esta naturaleza se crearon para hacer al hombre reír. Es irónico, cuando un hombre con su suicidio busca hacer llorar a un grupo específico de personas yo me parto de la risa. Me gusta.
Me dan risa también los que lloran su arrepentimiento, la situación de saber que hay quienes tenían todo en las manos para actuar bien en el momento correcto, pero lloran la falta de voluntad de hacerlo. Simplemente me parece absurdo, y me río. Me río también de quienes lloran la muerte de alguien que no se preocuparon por querer en el momento en que estuvieron en vida. Es mucho más inteligente procurar querer a la gente cuando existe entre nosotros, demostrarlo de la manera más sincera posible.
Ahora que lo recuerdo, también me da risa la hipocresía. En realidad creo que estoy negado a ella. Hay tantos actos que la gente realiza por hipocresía, incontables y obvios actos hipócritas, como abrazos que no son sentidos, besos que nos son sinceros, caricias interesadas, largos ratos de conversaciones que no se escuchan, pero en las que se planta la gente con su cara de interesante pensando en todo aquello que puede venir para sí mismos al “sacrificarse” al sermón del apesadumbrado.
Cabe espacio para pensar que soy soberbio, sin duda, y eso es algo que no soy capaz de decidir yo. Creo en que hago lo correcto, sin embargo siempre me cuestiono hasta dónde y los comentarios son recibidos con humildad en la mayoría de los casos. Y pensando en esto, creo que el hecho de pensar que puedo llegar a ser soberbio me aleja por lo menos un poco de la soberbia misma.

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